El estímulo nuevo vs. adaptación
Imagina que vas a la playa.
Después de meses de estar encerrada en una oficina bajo las luces incandescentes, tu piel muestra un tono algo blanco, quizá es solo comparable con el mismísimo Gasparin.
Al llegar, rápidamente te cambias a tu bikini favorito, te pones tu bronceador, eliges el último podcast de Chisme Corporativo y te tiras en el camastro para hacer algo al respecto con tu tono de piel.
Asumiendo que no abusaste del sol y no te achicharras por completo, ¿qué sucede?
Tu cuerpo, expuesto al estrés (radiación solar), tiene una respuesta adaptativa. En este caso, la respuesta consiste en la producción de más melanina. Este pigmento natural cambia tu color de piel para protegerte contra la radiación ultravioleta del sol para la siguiente sesión donde te expongas al sol.
En pocas palabras, tu cuerpo se adapta para estar mejor preparado ante la radiación solar.
¿Por qué te cuento esto?
Entender la capacidad de adaptación de tu cuerpo es fundamental para entender el entrenamiento de resistencia.
En el entrenamiento de resistencia, sucede exactamente lo mismo. Tu cuerpo se adapta al estrés al cual lo expones para estar mejor preparado para la siguiente ocasión:
Haces pesas → subes de músculo para tener mayor capacidad de manejar esas pesas.
Corres largas distancias → mejoras tu capacidad aeróbica para sostener ese esfuerzo.
Entrenas la técnica de ciertos ejercicios → tu sistema nervioso se vuelve más eficiente reclutando fibras musculares.
Pero también ocurre lo siguiente:
Repites el mismo entrenamiento durante semanas → tu cuerpo se vuelve tan bueno en eso… que deja de cambiar.
Tu cuerpo no mejora porque “la rutina es mágica”. Mejora porque se adapta al estímulo que le das. Si cambiaste el estímulo (tu rutina de entrenamiento) después de mucho tiempo, probablemente verás cambios al adaptarte a ese nuevo “tipo de estrés”.
No siempre ves resultados porque sea mejor; ves resultados porque es diferente a lo que venías haciendo.
Y con eso, paso el Tip para Probar: