¿Y si mañana ya no estuviera?
El sábado se casó una gran amiga.
Estuvimos juntos en primaria, secundaria y en la universidad. Incluso, en algún momento, intentamos emprender un negocio de ropa deportiva. No prosperó. No porque no tuviera potencial, sino porque no hicimos lo necesario para que así fuera.
Hubo una época donde su hermano y yo éramos inseparables. Me quedaba a dormir en su casa con frecuencia. Él en la mía. Nuestras familias eran muy cercanas.
Te cuento todo esto por algo muy simple: no fui invitado a la boda.
No voy a mentir, me sorprendió. Pero después de pensarlo un poco, entendí algo.
Quizá el error fue asumir que las cosas seguían siendo como antes. Dar por contado que, porque hubo cercanía en el pasado, esa cercanía estaba garantizada en el presente.
Y no funciona así.
Las relaciones, la salud, las oportunidades… no se sostienen solo por historia. Se sostienen por intención y las acciones que tomas todos los días.
A veces necesitamos que algo nos sacuda para recordarlo. Necesitamos perder un poco para valorar lo que fue.
La gente no valora su salud hasta que duele.
No valora una amistad hasta que se enfría.
No valora lo extraordinario hasta que deja de parecer ordinario.
Todo lo que ha pasado este año, conmigo y con la gente que amo, me ha hecho ver cuántas cosas doy y damos por sentadas. Y quizá una racha incómoda, un suceso que no esperabas, no es castigo…
Es una llamada de atención.
Porque si no cuidas lo que tienes, si no lo nutres, si no lo agradeces activamente, eventualmente dejará de estar. Y cuando quieras hacer algo al respecto, quizá ya sea demasiado tarde.