¿Fue una decisión consciente… o simplemente, algo que se quedó?
¿Te has preguntado por qué comes de la forma en que lo haces?
Es decir, ¿por qué desayunas pan dulce con café y no huevos estrellados?
¿O por qué disfrutas, o detestas, cierto tipo de ejercicio? ¿Has siquiera intentado otros tipos?
¿Fue una decisión consciente… o simplemente algo que se quedó?
Muchas veces no hay una respuesta profunda. Simplemente empezamos a hacerlo así, y por alguna razón u otra, lo seguimos haciendo de la misma manera “que siempre”.
Desayunas lo mismo porque “siempre” ha sido así.
Entrenas de cierta manera porque alguien te dijo que era “lo correcto”.
Cenas a cierta hora porque así creciste.
Con el tiempo, lo que comenzó como una decisión se convierte en rutina. Luego en costumbre. Y después en algo que ya no se cuestiona.
Nos pasa también fuera de la comida y el entrenamiento. A mí me pasó con la televisión antes de dormir. Durante la pandemia comencé a prenderla cada noche para distraerme un poco. Sin darme cuenta, se convirtió en el ritual. La tele encendida dejó de ser una excepción y se volvió condición.
He intentado dejar esa rutina varias veces. Sin embargo, hay noches en las que regreso a ella como quien camina por el mismo sendero aunque exista otro justo a un lado. Es automático. Es familiar. Es fácil.
Con el tiempo construimos pequeñas rutinas que dejan de evaluarse. No porque sean las mejores para nosotros, sino porque son conocidas y no exigen energía extra para decidir. Empezamos a vivir en piloto automático: comemos igual, entrenamos igual, reaccionamos igual, aunque nuestros objetivos y circunstancias ya hayan cambiado.
Tony Robbins, conferencista y autor enfocado en desarrollo personal, habla de cómo los seres humanos tenemos una necesidad profunda de certidumbre. Queremos estabilidad, control, saber qué va a pasar. Pero al mismo tiempo, también necesitamos incertidumbre. Variedad. Cambio. Algo que rompa la monotonía.
Sin certidumbre, vivimos ansiosos. Pero sin incertidumbre, nos estancamos (y nos aburrimos también).
El problema es que, cuando todo se vuelve completamente predecible, cuando la certidumbre se apodera de todo lo que hacemos porque “así ha sido siempre”, dejamos de cuestionar nuestras acciones. Y cuando dejamos de cuestionarnos, dejamos de evolucionar.
Ahí es donde entran los experimentos.
Un experimento introduce una dosis pequeña de incertidumbre, pero en un entorno seguro. No estás tirando tu vida por la ventana, solo estás probando una variable distinta.
Estás diciendo: ¿qué pasa si intento esto diferente por unos días (o solo uno quizá)?
Muchas personas no cambian porque no saben por dónde comenzar: la transformación completa abruma. Pero una acción pequeña, concreta y medible puede ser el empujón suficiente para intentar algo nuevo.
Y en ese intento descubres algo poderoso: quizá hay formas que te funcionan mejor o cosas que quizá ni siquiera se te habrían ocurrido intentar.
No todos los experimentos se quedarán, y está bien. Pero algunos sí. Y esos pequeños ajustes, repetidos con intención, pueden transformar más tu salud que cualquier cambio radical que no logras sostener.
La pregunta ahora es:
¿Con qué te gustaría experimentar?
¿En qué parte de tu vida la certidumbre se ha apoderado por completo?
¿En qué área llevas tanto tiempo haciendo lo mismo que ya ni siquiera te preguntas por qué lo haces?
¿En tu desayuno? ¿En tu forma de entrenar? ¿En tu rutina antes de dormir?
Tal vez no necesites más disciplina. Tal vez ahí necesitas tu primer experimento.
A veces, el cambio no empieza con una decisión enorme, sino con la valentía de probar algo nuevo, aunque sea solo por hoy.