Hay magia dentro del sacrificio.
Tenía 20 años cuando decidí comenzar a saltar la cuerda.
Estaba en la elíptica y vi a una persona que practicaba box. Nunca había visto nada igual. Genuinamente, creí que era de lo más increíble que había visto en un gimnasio.
Así que decidí comenzar y probar.
Tenía una cuerda de las de plástico super baratas de Decathlon. Era suficiente para el nivel que tenía. Lograr 10 simples saltos de manera continua parecía imposible en ese entonces.
Recuerdo que siempre al terminar la gente me preguntaba qué había pasado. Terminaba con la espalda y las piernas todas rojas de todos los cuerdazos que me daba al intentar cosas nuevas.
Sentía enojo al fallar un truco una y otra vez.
Euforia al lograr algo después de cientos de intentos.
Vergüenza al caerme en movimientos para los cuales no estaba preparado.
Frustración al ver cómo el truco que había logrado la semana pasada ya no podía hacerlo el día de hoy.
La parte emocional es el mayor sacrificio, ¿no es cierto?
Simplemente, es difícil navegar las distintas situaciones cuando no sabemos bien lo que estamos haciendo.
Pisar un gimnasio por primera vez.
Enfrentarse al rechazo cuando se invita a una persona a salir.
Aprender a saltar la cuerda.
Sinceramente, no sé qué fue lo que me mantuvo avanzando. No sé por qué no me rendí como lo hice en tantas otras cosas cuando el progreso no llegaba.
Pero descubrí algo: hay magia cuando no te rindes. Hay magia cuando aceptas el sacrificio que implica aprender y sigues adelante.
Los problemas ya no se ven tan grandes como lo hacían en un momento.
Las frustraciones de no progresar comienzan a disiparse.
Y creo que no es porque las cosas se tornen sencillas, sino tú te volviste más fuerte, más sabio, más valiente.
Fue ese sacrificio inherente a todo crecimiento.
Fue el dolor que sentiste en el gimnasio.
Fue la vergüenza de iniciar algo nuevo.
Fue la sabiduría cosechada de fallar una y otra vez.
¿Lo ves? El sacrificio es la entrada hacia tu mejor versión.